Arriba soledad, sol y viento.
Nada más.
Abajo el pueblo blanco, dormido junto al valle.
El castillo, derrotado navío surcando pétreo mar,
los huertos agostados, las bodegas sin vino,
las eras, añorando veranos de trillos y de mieses...
Sobre el abrupto monte, bravo y hermoso, el pinar.
La estrecha carretera serpentea y se pierde en la distancia.
Campos amarillentos que dieron ya sus frutos generosos,
tierras rojizas, ocres, grises; cerros desnudos, cascajales,
airosos chopos, hondonadas, oscuras manchas de encinar.
Farallones erguidos de las Peñas de Herrera,
lejanías, brumas, añoranzas, la estela de un avión...
Los ojos se cansan de mirar.
No llegan hasta aquí las voces de los hombres, sus llantos ni sus risas.
Sólo se escucha al viento ondulando la hierba
y el vigoroso batir de alas de un pájaro surcando el cielo.
Arriba, sol, soledad y viento
y un fluír misterioso en el alma.
Nada más.
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EN LAS UMBROSAS ENTRAÑAS DEL PINAR
En el sesteo de un domingo de verano,
acurrucada en las umbrosas entrañas del pinar, vacías de palabras y motores,
arrullan mis oídos los mil sonidos mágicos del bosque:
El rumor de las aguas del escondido arroyo,
el susurrar del viento en el ramaje,
el canto alegre de los pájaros,
el bordoneo de las moscas,
el grito del milano…
Y son los troncos columnas poderosas apuntalando los umbrales de los cielos,
y son brazos las ramas, gesticulando en un lenguaje indescifrable.
Y sobre mí, la inmensa bóveda calada de vitrales,
y un rayo de sol, osado y poderoso,
rasgando los celajes
para besar mis ojos.
Y aspiro los aromas de resina y yedra trepadora, de musgo, de tierra tierna y hojarasca.
¡Bosque hermoso!
¡Bodega rebosante de generosos vinos que me embriagan!
¡Que se te paralicen las manos, depredador maldito, si intentas aniquilar tanta belleza!
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CUANDO LA TONDA ME LLAMA
Como el imán al hierro,
como a golosa mosca la dorada miel,
como la luz a la inocente mariposa,
como al que ama los labios de su amado,
tú me atraes, me hechizas, me llamas.
Extraño y misterioso es tu lenguaje:
Rumores, ecos, palabras sin sonido que nadie más parece oír.
-¡Sube hasta mííí…! ¡Te esperooo…!
-¿Por qué? ¿Por qué me llamas?
Cada vez que me dejo enredar en tu encanto
me palpitan las sienes, el corazón pierde el compás,
se lastiman mis pies en las tollagas,
mi cuerpo entero se resiste a avanzar.
Y te digo: ¡Ya basta! ¡No daré un paso más!
Mas tú sigues llamando insensible a mis quejas:
-¡Adelante! ¡Adelante! ¡No desmayes!
¡Ya casi lo has logrado!
-¿No te estarás burlando?
Juraría que está ahora tu cima más distante…
-¡Te equivocas! ¡Mira un momento atrás!
Han quedado a tus pies las últimas encinas.
Ya asoman las crestas orgullosas de las Peñas
de Herrera por detrás del pinar.
¿No notas? Es perfumado y puro el aire.
Los gritos de los niños jugando por las calles
se han apagado ya.
Contempla en el azul el vuelo de las águilas.
Oye el son de la brisa, el cantar de ese grillo,
el zumbar de las moscas,
el trino del pajarillo montaraz.
-¡Ay, Tonda amiga, me voy haciendo vieja…!
-¡Sólo te falta un poco! ¡No desmayes!
¡Por fin! ¡Lo conseguiste!
Toma asiento en mi seno y descansa.
-¿Notas mi corazón?
Es pajarillo en jaula intentando escapar.
-¿No te parece hermoso todo lo que te ofrezco?
-¡Es hermoso! ¡Tan hermoso…!
Todo está ahí como lo recordaba:
Las eras, el castillo, el pueblo y el pinar,
los campos amarillos, la estrecha carretera,
los blancos cascajales, el oscuro encinar …
Esta vez ha subido un amigo conmigo.
¡Silencio! ¡Dejemos al poeta hablar!
“…Y ellos, pájaros, nubes,
no se engañan: dejando
que por abajo pisen
los hombres y los días,
se van arriba,
a la cima del árbol,
al tope de la torre,
seguros de que allí,
en las fronteras últimas
de su ser terrenal
es donde se consuman
los amores alegres,
las solitarias citas
de la carne y las alas…”
¡Bravo, Pedro Salinas! Yo siento como mío tu cantar.
La tarde está cayendo.
¡Adiós, amiga Tonda! ¡Hasta el año que viene!
Y si acaso no respondiera a tu llamada,
no pienses que se ha borrado tu recuerdo.
Será mi cuerpo torpe que ya no puede más.
La belleza que brindas y el hermoso silencio de tu cumbre-
cien años que viviera- no podría olvidar.
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